Era una tarde de verano, de esas que te quitan el aliento por el calor y calientan tu botellín de agua hasta convertirla en caldo. De esas tardes para darse un baño. El hermoso traje que llevaba la mujer brillaba con el sol y el largo cabello rubio centelleaban bajo los rayos luminosos del disco. Ernesto se acercó a la orilla. Nada ni nadie podían pararle cuando intentaba conquistar a una hembra y esta era una de las mejores, pensó. Qué pena que en ese momento sonó su celular y tuvo que dejar su conquista. Se alejó contrito. Las olas lamían la piel dorada y suave.